Juan Antonio acababa de cumplir dieciocho años. Yo era un poco menor que él. Un domingo, a la tarde, lo encontré en su taller. Como siempre, Juan estaba trabajando. Levantaba un pequeña pieza de no más de veinte centímetros de alto. Sentado a su lado, lo miraba modelar. Parecía mentira que con esos dedos, con esas manos que aparenciaban rudeza y dureza, pudiera llegar a tan sutiles y detalladas formas en un miniatura. Amasaba el barro con el pulgar y el índice y colocaba una minúscula porción de pasta sobre una zona hasta armar el volumen que buscaba. 

1957 argentinaEn esa paciente labor estaba mientras oíamos música. De pronto, Juan, riéndose, como envolviendo en una pudorosa risa un problema que parecía obsesionarlo, me dijo: “Lo que no entiendo es en qué momento se le mete el arte a este montón de barro”.

Ninguno de los dos sabíamos que con esas palabras Juan estaba en cierta medida, enunciando un problema que siempre seguiría unido a su destino como artista. La inocencia de esa pregunta no estaba tanto fundamentada en la extrema juventud de quien la formulaba, sino en una casi humorística manera de expresar- y aceptar- que el misterio es esencialmente lo que no se pude dilucidar.

Mi memoria y mi imaginación se mezclan cuando quiero recordar qué le contesté. Sé, en cambio que años después, a través de infinidad de cartas que le escribí cuando estábamos en distintos lugares del mundo, intenté siempre darle una respuesta a esa pregunta que, acaso, fue la sustancial de su vida. Sé que siempre le propuse que el arte exige, sobre todo, humildad; sé que tal vez le contestaba eso porque era lo que yo había aprendido con su propio ejemplo.

carta donacion obra a museoNo es tiempo todavía, ni yo soy la persona indicada, para emitir juicios sobre la obra de Juan Antonio. Sin embargo, no puede desconocerse ya que, por sobre todo, es una expresada, concreta, real y tangible evidencia de que en arte lo que importa es la búsqueda, no el hallazgo. Ante la trivial y vana frase de Picasso, siempre más próximo a lo prescindible que a lo indispensable, Juan Antonio sentía, con o sin razón, no haber encontrado nunca, sino buscado siempre.

Bajo esta tozudez española que con no poca frecuencia se disfrazaba de orgullo, corría, como un río subterráneo, una fresca e inequívoca humildad en ese ser que, cuando ya sabía todos los secretos de un arduo oficio, no vacilaba en seguir líneas trazadas por otros.

Acaso había llegado el momento de que se conciliaran esas resonancias que obraron sobre Juan en los treinta años que trabajó: acaso haya dado frutos que él mismo no supo ver. En todo caso: es posible que ya hubiese llegado el momento de imponerle el propio e intransferible arte a un montón de barro, cuando Juan murió. Pero también son misteriosos, es decir, tampoco tienen respuesta ni los seres humanos ni son enunciables sus obras espirituales. Aquéllos se manifiestan con sus actos, sus obras con su presencia.

Personalmente, veo la vida de Juan Antonio un admirable ejemplo; quiero decir una ejemplar vida de artista con todo lo de heroico y de dramático que impone el arte y con pocas de las gratificaciones que en algunos casos ofrece. En un mundo en que las presiones de grupos inventan súbitos genios, donde la publicidad y la farsa, la mentira y lo más ajeno del arte –desde el comercio hala política- crean fugitivos mitos que pretenden ocultar la verdad, y hasta consiguen –bien que por un instante- ocultarla; en un mundo en el que cuatro colchones superpuestos son llevados por quince días a la jerarquía de un Donatello, la tarea cotidiana a lo largo de treinta años, solitaria, empecinada, inquebrantable de un hombre empeñado en buscar, porque entiende que en la búsqueda está su camino, es una de las lecciones más emocionantes y más admirables que puede dar un ser con el ejercicio de su humildad y es, a la vez, la inequívoca prueba de su grandeza.

ceramistas en inauguracionY hay otra prueba incontestable –que ofrecía el mismo Juan Antonio- de que siempre estuvo cumpliendo su destino de artista. Era su angélica alegría, su esencial alegría producida por su propia manera de vivir.

Vocación quiere decir llamado; quien acude, quien responde a ese llamado por encima de todas las contingencias, tal vez no pueda nunca concretar la obra a la que aspira, pero no tendrá jamás la duda de lo que hace, y esa certeza le dará alegría, una alegría que está también por encima de todo lo contingente. A la agria tristeza del resentido se opone la angélica alegría del que se cumple.

Pocos de sus muchos amigos tuvieron como yo el privilegio de conocerlo desde su adolescencia y de atestiguar la valentía existencial de Juan Antonio. El suyo fue un trabajo arduo, con importantes reconocimientos que poco le ofrecía  a su exigencia espiritual, un trabajo acompañado de un subyacente humor que, en última instancia, representaba una posición crítica a los valores convencionales.

Juan Antonio se reía, por empezar, de sí mismo, porque sabía que aún él mismo era un instrumento –y lo aceptaba- para demostrar que el camino del arte poco tiene que ver con los fugitivos prestigios y las glorias parroquiales. Jamás dudó, en su alegría siempre joven  siempre fresca, que las obras de arte son meros testimonios, siempre bastante modestos, de que este mundo es sólo el reflejo de otro que es el reino de la inalterable belleza y la serenísima alegría.

Ángel Bonomini

 

 

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